21/05/2010
Bicentenario
La colonización pedagógica y los desafíos para una educación nacional, popular y de liberación
Afirmar que la educación argentina se encuentra en crisis, a esta altura de las circunstancias resulta casi una obviedad. Sin embargo, lo que no resulta tan obvio es encontrar una explicación adecuada o los motivos que han llevado a semejante desmadre.
Para lograr una aproximación correcta y alguna respuesta –aunque sea provisoria– necesitaremos recurrir al análisis retrospectivo que nos ofrece la historia. Sólo volviendo a los orígenes del sistema educativo argentino, descubriendo las matrices ideológicas que lo han conformado, los proyectos políticos que ha legitimado y las crisis que ha sufrido podremos comprender el estado actual de las cosas.
No alcanza, sin embargo, sólo con hurgar en el pasado, también debemos reflexionar sobre la realidad educativa del presente. La escuela del Bicentenario debe ser la escuela de la sospecha. “Sospecha” implica poner en crisis no sólo el relato legitimado sobre su origen y función sino, también, apuntalar una escuela que se disponga a dejar de creer en las tan mentadas “verdades objetivas” del positivismo. Esta lógica de la sospecha demandará, por lo pronto, introducir voces heréticas, escondidas, ninguneadas u omitidas en la historia oficial de la educación argentina.
Debemos dar a conocer relatos que nos cuenten las vidas y los proyectos de hombres y mujeres de nuestra Patria que han luchado por imponer otro proyecto educativo, que han confrontado con ese positivismo despreciador de lo propio, de lo autóctono, de lo latinoamericano.
Nuestros docentes y alumnos deben poder conocer esos proyectos y relatos que proponen en la educación argentina una matriz distinta a la liberal hegemónica.
Claro, para ello debemos rediscutir también muchos supuestos teóricos. Arturo Jauretche ha explicado con claridad cómo el sistema educativo argentino –lejos de haber servido a las tareas de liberación nacional– ha actuado como sostén de una cultura de extranjerías y, sobre todo, como pieza clave en la lógica de la denigración de todo lo nacional.
Ese es el coloniaje educativo y se sustenta en el rechazo de lo nacional, lo popular, lo emancipatorio. Y de eso se trata esta batalla: de ponerle nombre y apellido a esos proyectos en pugna. ¿Por qué si no se esmera tanto la clase dominante argentina y sus amanuenses en afirmar que el sistema educativo nace con la obra de Rivadavia?... No vaya a ser cosa que algún maestro avezado decida indagar sobre la labor educativa de Manuel Belgrano o sobre la ideas que al respecto tenía el proyecto morenista.
El liberalismo cipayo preferirá siempre enaltecer a la Generación del 37 y a Domingo Faustino Sarmiento por su antihispanismo despreciador de los valores propios de nuestra cultura. O al mitrismo que apostó a la educación secundaria para la élite ilustrada como semillero de formación de minorías dirigentes.
Estos cultores del pensamiento antinacional lejos están de aceptar una discusión sobre el papel que la Ley 1420 y el Congreso Pedagógico jugaron como dispositivo central del poder de la clase dominante oligárquica. Historia falsificada, enciclopedismo y homogeneización son, entonces, los tres pilares sobre los que se constituyó la educación argentina.
Por supuesto que a lo largo de estos dos siglos otros actores han intentado caminos alternativos. El peronismo puso en crisis los cimientos de la educación liberal con sus escuelas técnicas, de oficios y con la Universidad Obrera. Con estas acciones asestó un golpe importante al monopolio liberal. Aunque, lamentablemente, éstas no sobrevivieron a la restauración oligárquica posterior a 1955.
Los años 70 fueron también muy intensos en materia de educación nacional y popular –a partir de 1973– aunque luego todo este proceso fuera obturado por el golpe de estado de 1976. La dictadura genocida consideró a la educación como un lugar de vital importancia. No sólo persiguió a estudiantes y docentes sino que impuso, a sangre y fuego, un modelo conductista y tecnocratizado que tenía en la moral cristiana su pilar ideológico y en el arancelamiento su pilar económico.
La democracia poco pudo hacer para superar el legado de la dictadura. Si bien es cierto que algunas prácticas escolares cambiaron y que las leyes democráticas –aún las más incompletas– tienen más valor que los decretos de la dictadura, lo cierto es que el holocausto neoliberal ha transformado a la escuela pública en escuela para pobres. Por algo fue desmantelada la escuela técnica: ya no era útil a un proyecto que había destruido al país industrial.
Hoy que América Latina se mueve en el sentido opuesto al del proyecto neoliberal, nuestro desafío –de cara al presente Bicentenario de la Patria– es seguir contribuyendo a la consolidación de una educación popular, inclusiva, nacional, enraizada en nuestra cultura, federal y latinoamericana que actúe como soporte y vanguardia de un proyecto de liberación nacional y continental.
Por Horacio Ghilini
Secretario General de SADOP – CDN
Secretario de Estadísticas, Registros y Defensa al Consumidor de la CGT
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