21/05/2010
Bicentenario
¿Qué celebramos?
Hay conmemoraciones que, como los cumpleaños, remiten a un origen que parece absoluto. En el caso de nuestras naciones, ¿el bicentenario de qué celebramos? Porque siempre ya estábamos aquí, por detrás de cualquier fecha que pongamos, aunque tal vez con rostros en los que a la vez nos desconocemos y no podemos negarnos.
No somos "jóvenes naciones", si una Nación es algo más que un Estado. Sólo habría, pues, centenarios de hechos parciales, no de un origen que se nos escapa hasta perdérsenos en la prehistoria.
¿Por qué el 25 de mayo de 1810? ¿Por qué no 1806, o el más lógico 1816? ¿Y por qué no el 25 de mayo, pero de 1809? Podemos señalar el Proyecto del 80 y la construcción de un mito fundacional en el pasaje de la dominación hispánica al orbe británico, que además subraya la prioridad y el centralismo de Buenos Aires. La significación del 25 es indefinidamente discutible. Pero, en último término, hace mucho que se nos ha convertido en un mito entrañable, constituyente de identidad, al que no podemos ni debemos renunciar.
Los centenarios sugieren épocas, continuidad y renovación. Ya Roma celebraba sus fastos seculares. Aquí el Primer Centenario fue vivido como una culminación. El Proyecto del 80 había dejado atrás la crisis del 90. Una revolución agrícola que amplió significativamente el área de los cultivos anuales hizo viable el esquema agroexportador, sin modificar la estructura básica de una sociedad dominada por los grandes terratenientes. El masivo aporte inmigratorio se iba bifurcando en gérmenes de clase media, estratos suburbanos del compadraje ligado al delito y la política y un débil proletariado urbano. También había traído los conflictos sociales que obligaron a festejar bajo Estado de Sitio. Más allá, el criollaje profundo no había variado su condición. El Centenario fue la autocelebración de una oligarquía formada bajo la matriz genocida de Civilización o Barbarie y ya consolidada en un claro proyecto que procuraba la europeización y el blanqueamiento de la República y la ligaba estructuralmente a los intereses de Gran Bretaña. Su gran creación había sido el Estado, desde el cual se generó la Nación, que debía asimilar a la masa de inmigrantes. El Centenario fue, justamente, el año en el que la educación pública instaló la "religión laica" de la Patria, de la que el 25 de Mayo es la festividad central.
El Primer Centenario festejó un proyecto en plena marcha, con un sujeto consciente y orgulloso de sí, en cuya idea de Nación la dependencia consentida no era una disminución sino un deseable acoplamiento con el sistema dominante. La clase dirigente había creado una estructura estatal, política y cultural con fuertes luces y fuertes sombras. Las luces eran lo suficientemente fuertes como para relegar a mero contraste los profundos estratos sociales marginados junto con buena parte de la geografía y la cultura de la República. Poco después, la revolución política del yrigoyenismo democratizó la vida pública, pero no alteró la estructura económica y social del país agroexportador. Éste encontró su límite en la crisis de 1929-30, y sobrevivió al precio de asumirse como mero satélite colonial del Imperio Británico. La oligarquía, ya gerencial y parasitaria, cercenó todas las aristas nacionales del Proyecto del 80. El Proyecto del 45 cortó esta situación con una década de profundos cambios antes de que su interrupción violenta abriera un período de conflictiva paridad de fuerzas, resuelta en definitiva a favor de las más antinacionales. A partir de allí se produce lo que hemos denominado un "antiproyecto" , que se desarrolla en una etapa de terrorismo de Estado y otra de terrorismo económico (y cultural), con sus respectivos campos de desaparición, que en el segundo caso son los millones de argentinos caídos en la marginalidad. Y con esto llegamos a la cuestión del Bicentenario.
¿En qué condiciones vamos hacia –estamos ya en– este Bicentenario? Primera respuesta: en la estela del antiproyecto. Esto es particularmente grave porque, a diferencia de las naciones con larga sedimentación, las naciones americanas consisten más en un proyecto que en una "esencia". Un proyecto es un argumento de vida. En un proyecto dependiente o en un antiproyecto el sujeto no es el país o el pueblo sino otro. Podemos comparar la dependencia a los condicionamientos, impuestos o autoimpuestos, que nos subordinan a otra voluntad. El antiproyecto, en cambio, equivale a la esclavitud: mi vida es vivida hasta tal punto por el otro que dejo de "ser", me convierto en una cosa en sus manos. El sujeto actual del antiproyecto no es ya un conquistador, un imperio o una potencia sino esa nebulosa de poder mundial, última configuración de un poder de larga data, que recibe el confuso nombre de "globalización", o, en el momento de su autoconsciencia, "neoliberalismo", con sus tentáculos operativos: militar, financiero y comunicacional (y para el cual lo "político" es anecdótico). Aunque el antiproyecto es global, en el Cono Sur tuvimos el triste privilegio de ser el laboratorio donde se desplegó antes y con mayor violencia. Pero su esencia final no fue la mera violencia sino la especulación, el juego de luces en espejos infinitos –lo financiero por lo productivo, lo mediático por lo cultural– tras el cual la realidad desaparece. La gran burbuja de los 90 reventó prolijamente al comienzo mismo del salvaje nuevo siglo. El antiproyecto entró en crisis (en la Argentina y en el mundo) en el 2001, pero las zonas históricas de transición suelen ser largas y confusas.
La anulación del sujeto bajo un antiproyecto culmina en la aceptación de ser-nada. El resultado es la anulación de la capacidad de proyectar. Y esto nos lleva a la situación del Bicentenario. Estos ludi saeculares, con su carga simbólica, desnudan la situación de un país. Así como el Primer Centenario ritualizó el momento culminante del Proyecto del 80, el Bicentenario, sin ningún relieve ni en la acción oficial, ni en el espectro político, ni en los medios, ni en la discusión intelectual (si es que aún existe), marca la dificultad y la problematicidad de la salida. No hay propuestas de modelos que contemplen a largo plazo, no sólo la estructura económica (más allá de alusiones gubernamentales a un modelo "productivo" y "diversificado"), sino el perfil cultural, educativo, el papel de las FFAA, la inserción internacional, la disposición del territorio, etc., etc., y esas grandes creaciones que son: una relectura profunda de la historia y consignas fuertes que sinteticen el rumbo de la voluntad histórica (como "Gobernar es poblar" o "Hay que educar al soberano" de los modelizadores del 80).
La desorganización alcanza su nivel más profundo al afectar la subjetividad y el tiempo. La imposibilidad de proyectar nos condena al presente eterno de la cosa, que se traduce en el presente clausurado de las generaciones de desocupados y marginales o de los que se "salvan", cuando es posible, en el infierno chirle del consumo. La crisis del antiproyecto abrió una ventana hacia el pasado (el interés por la historia lo muestra) y hacia el futuro, así sea en el reflote esporádico de la expresión "proyecto de país". Sin embargo, los esquemas temporales visibles son el de los culpables (línea recta que puede cortarse en un punto para "volver a empezar" olvidando lo pasado), y la táctica de los bajos agoreros de la política, que operan sobre un futuro próximo pero contradictorio con el presente, anunciando crisis y colapsos totales o limitados.
Pero la discusión del proyecto ha comenzado de hecho. Un gobierno con múltiples y graves errores de manejo político que ha dado, sin embargo, algunos pasos, incompletos pero importantes, en la deconstrucción de la estructura neoliberal, es acosado a muerte por un frente de los poderes reales (entre los cuales la oposición política casi ni es digna de ser mencionada). La violenta reacción de estos poderes, desde el 2008 si no de antes, es de hecho un golpe de estado blando, con objetivos visibles: reafirmar el país agroexportador (en términos mucho más desfavorables que en el Siglo XIX), y mantener el férreo control logrado a partir de 1976. Esto es lo más claro en un panorama del cual el ciudadano, ahogado en la orgía mediática, sólo recibe una nula discursividad junto a la emocionalidad brutal de un odio casi inentendible.
La esperanza y el peligro, como siempre, habitan juntos. Después de que el antiproyecto devastara la herencia de todos los proyectos, un nuevo proyecto deberá necesariamente, como condición para abrirse al porvenir, retomar toda la historia. Esta profundidad en el tiempo es también amplitud en el espacio. La Argentina europeizada del 80 ha muerto hace tiempo, y no sobreviviremos sin la integración en el continente. Ya las migraciones han comenzado a ocuparse de esto. Afortunada y peligrosamente, el momento de nuestra América es casi inédito, y también lo es la política americana de la Argentina. La fragilidad del momento requiere, claro está, un máximo cuidado. Pero ésta, creo, es la respuesta válida a la cuestión del Bicentenario. En estos años en que la gran fecha periódica va a atravesar el continente, lo que celebramos es la independencia de América, de sus Naciones y del Proyecto Continental de los Libertadores. Tan rico y tan en riesgo hoy como entonces.
Por Armando Poratti
Profesor y Doctor en Filosofía
Nota publicada en la revista La Tiza
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