Especial - Sociedad
21/05/2010
Sobre el Bicentenario
En este 2010, el Bicentenario será tema obligado en los programas periodísticos y en las entrevistas a intelectuales del sistema. Cabe interrogarse acerca de qué modo encararán el tema. ¿Indagarán en la verdadera historia de aquel 25 de mayo de 1810 o, por el contrario, recurrirán a las zonceras hoy en boga para aplicarlas a aquel acontecimiento?
Tengo casi la certeza de que ocurrirá esto último. Me los imagino sosteniendo que “Mayo” fue posible gracias al “consenso”; que los hombres de Mayo reconocían el papel fundamental de ”las instituciones”; que un acontecimiento tan importante como lo fue aquel día 25 debió ser realizado por jurisconsultos muy capaces y hombres de Pro (en el sentido que esta palabra tenía anteriormente a Mauricio Macri). Es decir, navegando en la superficialidad de los acontecimientos darán una imagen ligth, rosada, prudente, no sea cosa que concluyamos haciendo de “Mayo” un mal ejemplo para las jóvenes promociones. Si esto es así como presumo, vamos a bostezar largo rato con retóricas vanas, “guitarreadas vacías”, en fin, discursos como aquellos del Dr. Ricardo Balbín, de los cuales decía Arturo Jauretche que eran “discursos capicúa, pues se podían leer del principio al fin o del fin al principio, dado que en ambos casos no aparecía ninguna idea”.

Por esta razón y sabiendo que los docentes andan a la búsqueda de nuevas verdades –y quizás también para hacer un poco de escándalo– paso a enumerar algunos rasgos de aquel “sol del 25”.

Los revolucionarios, procediendo como tales, no respetaron las instituciones sino por el contrario, para beneficio del pueblo y las generaciones futuras, las violaron. Imprimieron tarjetas falsas para el Cabildo abierto del 22 de mayo de manera que pudieran entrar no sólo los “vecinos respetables”, es decir, los propietarios, sino el pueblo. Asimismo, pusieron piquetes en las esquinas para impedir el ingreso al Cabildo de los señorones amigos del Virrey, privilegiados por el viejo orden.

Tampoco hubo “consenso”, pues el 25 de mayo, al mediodía, los más impetuosos, con trabucos y puñales, subieron las escalinatas del Cabildo, “apretaron” a los burócratas virreinales obligándolos a renunciar y colocaron en su lugar a la Primera Junta.

Mucho menos estuvo el protagonismo principal en manos de la gente más ilustrada, más rica y más prestigiosa de Buenos Aires, sino que fueron sectores populares, conducidos por un grupo de agitadores, quienes estuvieron en la Plaza exigiendo el cambio. ¿Y quiénes eran esos agitadores, también llamados “manolos”, “chisperos” o integrantes de la “Legión Infernal”? Formaban parte de ese mundo que Raúl Scalabrini Ortiz denominaría, ciento treinta y cinco años más tarde, “los de nadie y sin nada”, quienes precisamente impulsaban transformaciones trascendentales porque querían ser “alguien” y tener “algo”. Ahí estaba Domingo French, un cartero que sobrevivía repatiendo misivas en la ciudad, cobrando a destajo según la correspondencia entregada, Agustín Donado que se desempeñaba como tipógrafo en la Imprenta de los Niños Expósitos, Antonio Luis Beruti, quien trabajaba en las Cajas del Estado y habría sido uno de los primeros afiliados si hubiese existido la Asociación de Trabajadores del Estado, el cura Juan Manuel Aparicio quien acostumbraba a llevar dos pistolas al cinto y que el día 24 a la noche arengó a los soldados en los cuarteles para que apoyaran la revolución, Arzac, quien según el informe posterior del Virrey “no era nadie”, Mariano de Horma, sin profesión conocida, Cardoso, quien luego se agregaría a las huestes de Artigas, Dupuy quien luego se incorporaría al ejército de San Martín, es decir, el pueblo, o “la chusma” como informarían luego los oidores (los jueces) que, textualmente según su informe, “difundía especies subversivas”. Ese era el sustento social en la Plaza, es decir, una base de protagonismo popular que acompañaba al grupo jacobino que había leído los libros prohibidos sobre aquello que San Martín denominaría luego “el Evangelio de los Derechos del Hombre”.

Entre ellos estaba Mariano Moreno, de quien un ascendiente de Federico Pinedo diría que cometía el pecado de creer que “los hombres son todos iguales”. Ese Moreno que recibía de French el apodo cariñoso de “El sabiecito del Sur”. ¿Y que quería Moreno? Hoy diríamos: la redistribución del ingreso. Por eso decía: “la fortuna agigantada en pocas manos resulta perniciosa para el país e inclusive puede provocar la ruina de la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad, demostrándose como una reunión de aguas estancadas que no ofrecen otras producciones sino para el terreno que ocupan, pero que si corriendo rápidamente su curso bañasen en todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase...”. Se trata de un planteo sumamente audaz que ha llevado al historiador Federico Ibarguren a sostener que Moreno, en 1810, se comportaba como un marxista, aunque Carlos Marx nacería recién siete años más tarde. Y Belgrano, su mano derecha, defendía, a su vez, que serían desgraciados los países que exportaran materia prima en vez de elaborarla, porque de ese modo trabajarían los obreros de otros países pero no los del país propio. Lo decía Belgrano en 1802, hace más de doscientos años (¿Comprende usted, Ricardo López Murphy, siempre invitado por TN para explicar las cuestiones económicas?¡¿Comprende?! ¡En 1802!).

A su vez, Castelli, el otro gran colaborador de Moreno, frente al cacique indio que se arrodillaba para saludarlo en Tihuanaco, lo invitaba cordialmente a ponerse de pie, porque ahora éramos todos hombres con igualdad de derechos.

Podríamos reseñar muchas otras cuestiones relativas a aquel Mayo de 1810, pero estimamos que éstas son suficientes para el lector que fervorosamente ansía un país cada vez más libre e igualitario, para que comprenda que son éstas –no las de Billiken, ni las de Levene, ni las de Halperín Donghi– las enseñanzas que nos pueden legar aquellos gloriosos revolucionarios, para nuestras luchas de hoy y aquí.


Por Norberto Galasso
Político, historiador y periodista

Nota publicada en la revista La Tiza
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