Especial - Sociedad
31/08/2010
La mirada crítica; la tv digital; contenidos y públicos
El 3 y 4 de septiembre SADOP realizará un seminario internacional sobre la televisión digital y el papel de las políticas culturales y educativas. El encuentro se enmarca dentro del noveno Festival de Cine Nueva Mirada, para la infancia y la juventud.
La era digital implica un cambio de mayor magnitud que el que representó la máquina de vapor, que diera lugar a la Primera Revolución Industrial y la electricidad que impulsara la segunda. La actual revolución implica, además de un “avance” tecnológico, un salto cualitativo que incide en todas las esferas de la vida de las sociedades; económica, laboral, política, social y, de manera sustantiva, en la educación, la comunicación y la cultura.

Las denominadas Sociedad del conocimiento y Sociedad de la información, confluyen en virtud de este cambio. No sólo el insumo fundamental de los procesos económicos, sociales y culturales es la información y los recursos para gestionarla, sino que la pretendida neutralidad política e ideológica de este concepto se ha revelado como enmascaradora de una lucha por la hegemonía que otorga un papel de primer orden al poder simbólico. En este marco, ciencia, economía, cultura y comunicación se imbrican bajo la invocación de la “razón instrumental”. Si hoy la cultura y el conocimiento constituyen factores esenciales de los procesos de acumulación económica, la economía tiende a una simbolización creciente.

Esta nueva era exige generar contextos de conocimiento y de desarrollo de la creatividad y la capacidad de análisis e innovación, en el ámbito científico y en la sociedad. Ello reclama una nueva generación de políticas culturales –las políticas culturales digitales- que, lejos de sustituir a las anteriores -referidas al patrimonio, las bellas artes, la literatura, las artes escénicas, las industrias culturales, las artesanías, el diseño, etc.- hace necesario redefinirlas desde la perspectiva de un proyecto político que tenga por eje los principios de inclusión, participación y articulación.

El principal reto no reside en reemplazar unos artefactos y normas de carácter técnico por otros más evolucionados, de generalizar el acceso físico a los aparatos, o de capacitar en las aptitudes instrumentales de su manejo. Estos componentes, con todo que necesarios, resultan insuficientes si no se basan en condiciones de desarrollo de conocimientos, informaciones y prácticas que signifiquen una reestructuración del poder social. La denominada “brecha tecnológica” que superpone nuevas formas de fragmentación de la sociedad a las preexistentes acrecentándolas, constituye un síntoma de la concentración extrema del poder, material y simbólico, que tuvo lugar en en las últimas décadas, antes que a la mera “distancia” física con respecto a la conectividad y las TIC.

El desarrollo de una industria audiovisual con una elevada capacidad de producción endógena de contenidos simbólicos digitales, reclama estrategias holísticas; es decir, referidas a los distintos eslabones, medios y soportes de la cadena de valor del sector, que hoy comprende al cine, la TV –abierta y por cable; analógica y digital- el video, los videojuegos, la informática, Internet y las telecomunicaciones. Los públicos constituyen el eslabón decisorio de dicha cadena, por cuanto la multiplicación de los circuitos de distribución de imágenes en movimiento requiere pluralidad de actores y modos de producción que garanticen la diversidad cultural, pero también la formación de receptores críticos, con capacidad de análisis para ejercer la libertad de elección, contracara insoslayable de la libertad de expresión.
Ante la amplitud y la complejidad del campo audiovisual, que ha transformado las formas de producción y circulación de la cultura, las relaciones entre ésta y la sociedad, los perfiles laborales, las mentalidades y las formas de sociabilidad y de consumo, las políticas educativas y culturales y la institucionalidad de los organismos respectivos, han quedado rezagados. Las instituciones heredadas de la modernidad son reticentes a deponer los marcos de referencia del fordismo de la era industrial -vigentes 50 años atrás- y a incorporar los nuevos fenómenos como campos de conocimiento que conllevan una transformación integral en las distintas dimensiones, de sus concepciones, prácticas y métodos. En la mayor parte de los casos cuando los incorporan lo hacen, conforme a la lógica heredada y de manera parcial y fragmentaria.

La creencia mágica de que el acceso físico a las tecnologías y el desarrollo de ciertas aptitudes operativas bastan para la inserción plena en la era digital se funda en la “razón instrumental”, naturalizada en nuestra sociedades como parte de las doctrinas neoliberales imperantes en los 90s. Ella da sustento a una visión deshistorizada de las tecnologías que las ubica como instrumentos neutros o artefactos técnicos despojados de las relaciones de poder de las cuales surgen y a cuya reproducción contribuyen, así como de los conocimientos y prácticas que comportan. Concepción que es funcional a las estrategias de venta de los conglomerados de la industria y los servicios que las producen. Modificar esta lógica no será obra de las fuerzas del mercado libradas a su propia dinámica, sino de políticas públicas integrales y sostenidas que desplacen el estrecho marco de consumo individual de novedades -en el cual aquellos pretenden encajonarlas para la reproducción de su hegemonía- por el de creación de contextos sociales de innovación.

El advenimiento de la TV digital, a la vez que abre las puertas a un nuevo escenario de oportunidades para el bienestar de la sociedad, introduce amenazas que sólo podrán contrarrestarse desde las decisiones políticas.

La era digital acentúa en grado superlativo la asincronía preexistente entre la multiplicación de los circuitos de difusión de imágenes en movimiento –que crecen geométricamente al ritmo de la automatización industrial- y la producción de los contenidos que habrán de circular por ellos, de carácter más artesanal. Pese a las facilidades que ofrece Internet en cuanto a la democratización de las relaciones de producción, distribución e intercambio de imágenes en movimiento por sus usuarios, no puede omitirse que alrededor del 85% de los mercados mundiales del audiovisual es controlado por las industrias de dicho sector de los Estados Unidos, en algunos casos emparentadas con los gigantes japoneses del hardware y que sólo el 13% de la población mundial participa de la conectividad. Las disparidades son, asimismo, enormes entre zonas geográficas y sectores socioeconómicos de un mismo país.

La descentralización en los modos de producción y circulación de contenidos audiovisuales y el incremento cuantitativo de los mismos de manera endógena, reestructuran y complejizan el escenario de la audiovisualidad. Surgen nuevos interrogantes y problemas ante los cuales no caben las respuestas “monistas” ni simples. Podrán multiplicarse la cantidad de contenidos producidos y los canales por los que ellos circularán, pero de esto no se desprende que la calidad de los mismos se incrementará ni que los públicos los consumirán de manera automática. Tampoco que los grados de comunicabilidad de la sociedad se incrementarán. Estos son procesos que requieren transformaciones educativas y culturales, impulsadas por decisiones políticas deliberadas y cuyos efectos demoran mucho mas tiempo en producirse que la sustitución de unas tecnologías por otras.
Aunque en gran parte de América Latina atravesamos un período inédito, signado por gobiernos populares surgidos de elecciones democráticas y orientados al cambio, conviene recordar que a lo largo de nuestra historia, salvo cortos intervalos, la región entera -no sin resistencias- fue puesta al servicio de la acumulación de los sectores externos que lideraron la primera y la segunda revoluciones industriales, así como de las elites internas vinculadas a ellos.

La más portentosa de estas revoluciones que es la que está teniendo lugar en la actualidad, plantea incertidumbres y amenazas, pero también la oportunidad de transformar las relaciones de poder, internas y exteriores, que determinaron nuestra inserción subordinada en el mercado capitalista mundial como proveedores de materias primas en función del desarrollo industrial y tecnológico de las metrópolis centrales. El requisito esencial para revertir esta dinámica es la autonomía cultural, que significa la capacidad de decidir de manera autónoma sobre nuestros propios recursos y opciones de desarrollo. En el mundo global es clave el ejercicio de la soberanía sobre los campos de la cultura, el audiovisual y las TIC para participar en la batalla simbólica por la construcción de sentido, con nuestras propias ideas, identidades y representaciones.

Ese Seminario propone invitar a reflexionar sobre los cambios que implica el pasaje de la audiovisualidad analógica a la digital y las nuevas propuestas que habrán de orientar a las políticas culturales, educativas y de ciencia y tecnología, en la era que ella inaugura.


OBJETIVOS PRINCIPALES

a) Promover la habilitación de espacios de reflexión, intercambio y debate sobre las condiciones para un desarrollo económicamente sustentable y socialmente productivo de la televisión digital en el marco del fortalecimiento de las culturas locales y el fomento a la creatividad, la diversidad cultural y la innovación.

b) Impulsar la creación de pluralidad de instancias de comunicación y redes de acceso social a las TIC que, incorporando nuevos actores permitan sustraerlas de la lógica mercantil prevaleciente para ponerlas al servicio de las estrategias dirigidas a la superación de la “brecha digital”, que es a la vez cultural, educativa y socioeconómica.

c) Contribuir a la construcción de una cultura autónoma con eje en una concepción integral de los derechos humanos, mediante la redefinición de los supuestos teórico-doctrinarios que rigen las opciones económicas predominantes y el proceso de globalización en curso.

d) Redefinir el rol de las políticas culturales y educativas públicas con miras a dar respuesta a los múltiples desafíos del actual escenario, nacional e internacional, impulsando procesos de descentralización, participación social e integración como aspectos decisorios de la transformación cultural y comunicacional que reclama la inserción plena de los ciudadanos en la era digital.

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